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Yo quiero preguntar... ¿Y usted?

Si pudiera ser otra vez ser chiquita, me gustaría responder nuevamente aquella famosa pregunta, que tantas veces enfrenté:- ¿Qué queres ser cuando seas grande? - 
- Preguntadora- diría. Eso quiero ser, una gran preguntadora.
De ese modo, nunca dejaría de aprender.

Les aseguro, que no hay mayor desafío que animarnos a preguntar; sólo preguntando damos paso a nuevos universos, superamos creencias y lejos de toda idealización, nos animamos a descubrir al otro, tal cual es.

Si bien no hay una guía para preguntar,  aunque la hubiere; no nos serviría de mucho. Si de preguntas se trata, el mayor desafío es animarnos a superar la incomodidad de exponernos. Nos da miedo la mirada del otro; fundamentalmente, si nuestra historia estuvo marcada por padres, maestros, amigos que ridiculizaron, desestimaron, descalificaron o simplemente ignoraron nuestras preguntas.

    • Cada pregunta, más allá de lo preguntado, es el resultado de nuestro posicionamiento frente al mundo. 
    • Cada nueva pregunta es un intento por entender en el universo del otro lo  dicho y lo  no dicho.
    • Cada nueva pregunta nos posibilita elegir y decidir, concientes de lo que hacemos o dejamos de hacer.

No hay buenas o malas preguntas.
Si hay preguntas que abren significado, que apuestan a lo nuevo; esas son las preguntas poderosas. Aquellas que aún sin ser respondidas,  posibilitan un aprendizaje.

Preguntamos bien, cuando somos capaces de escuchar.
Cuando alguien escucha activamente lo hace con todo su cuerpo. Más que comunicarse con el otro, se conecta emocionalmente con él y allí uno puede apropiarse del saber.
Entrenar nuestro universo emocional, es clave para entrenar la escucha y el arte de preguntar.

No te encierres en tu mirada de la realidad.
Conocé tus emociones, escuchate y empezá cuestionar tus creencias; un modo maravilloso para animarte a preguntar de verdad.



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