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Mano a mano con el miedo.

Hace muchos años, era jovencita entonces, cuando alguien me asustó con el miedo. – “No importa cuánto hagas” – afirmó; “el miedo siempre ganará la partida”.

Lo creí inmediatamente, cómo no hacerlo. Conocía muy de cera el miedo…

Miedo al dolor, a la humillación, a la soledad, al abandono, al descontrol, al “qué dirán”; hasta el miedo a amar era un miedo cotidiano.

Y como toda creencia que se arraiga en nuestro corazón, no pasó demasiado tiempo hasta convertirse en una certeza inapelable. Certeza que me declaraba perdedora antes de jugar.

Una mañana, asustada de perderlo todo y sabiendo que no quedaba nada por perder; finalmente me animé a mirar cara a cara a “mi miedo”.

No importa contarles lo que vi.

Si importa cuánto cambió mi creencia, a pesar de seguir perdiendo todas las partidas.
Si importa el sentido que por primera le di las palabras del apóstol San Juan en su Primera Carta, Capítulo 4 Versículo 8:

En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.

Si importa tomar conciencia sobre el lugar que ocupó el amor en mi vida.

Si importa elegir cada mañana, qué partida jugar.




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