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Los jueves y los fantasmas.

Ese jueves me levanté temprano; la mañana es la mejor hora para un mano a mano con los fantasmas del pasado.

Los invité a desayunar. Aceptaron levantarse creyendo que ese era el día más largo del verano, por suerte no conocían ningún calendario de turno.

Café por medio, los miré a los ojos. Fue triste sentirlos tan humanos, la luz expuso su temor a ser aceptados.

Bastó verlos comer, para compadecerme por su mundo de fantasías baratas; se parecía demasiado a tu mundo y al mío.

Los dejé jugar a las escondidas, no era tiempo de echarlos de mi vida. Nos necesitábamos mutuamente, aún eran el mejor espejo para esos días en los cuales me creía una "chica superpoderosa”.

Ese jueves y todos los jueves que siguieron me levanté temprano; definitivamente la mañana es la mejor hora para reivindicar a los fantasmas de todos los tiempos.






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